La persona que dice no a lo que considera una obligación injusta, lo hace públicamente y acepta las consecuencias, desarrolla una fuerza más poderosa que un estado, un dictador o una ley. Así entiendo yo la objeción de conciencia y la desobediencia civil.

Siempre se paga un precio: a veces es pequeño, pero según en qué circunstancias, puede significar la libertad o la vida. En este caso el efecto dominó puede ser tan importante que consiga que las leyes injustas desaparezcan o que los tiranos caigan. No siempre se gana, pero la dignidad personal y el ejemplo quedan tan evidentes, que algo cambiará aunque se tarde tiempo.

Por eso hice objeción al ejército franquista en 1971. Me había preparado con objetores europeos, sobre todo franceses, y con la comunidad no violenta del Arca, que me enseñó las técnicas de lucha de Gandhi.

Era difícil enfrentarse a la dictadura franquista y recibir también las críticas de la izquierda, que defendía el ejército rojo, el ejército popular chino, los sandinistas y todo el entusiasmo por la lucha armada de aquella época que tanto sufrimiento y desencanto ha causado.

 

Foto de Pepe Beúnza

 

En enero de 1971 me encarcelaron porque no quise vestir el uniforme militar y empezó una buena campaña de apoyo internacional. En Barcelona, un nutrido grupo de amigos participó en ella. Consejos de guerra, cárcel, batallón de castigo en el Sahara y siguió la lucha. En la cárcel, la discusión con los presos políticos era continua; la solidaridad y la amistad también. Salí con las ideas reforzadas.

El mito de la violencia revolucionaria que incrementa el poder del negocio de la guerra sigue, por desgracia, en la actualidad. Hemos aprendido muy poco de las revoluciones del siglo pasado.

Por nuestra parte, ni en los momentos más optimistas pensábamos que en treinta años desaparecería la “mili” con un balance espectacular: casi un millón de objetores, veinte mil insumisos dispuestos a ir a la cárcel y más de mil años de prisión cumplidos.

Ahora tenemos un gran reto. Hay armas acumuladas para destruir varias veces toda la vida de la tierra, y a pesar de ello seguimos fabricando armas y guerras. No hay bombas atómicas buenas, como discutía con mis amigos presos comunistas. Si queremos sobrevivir como personas y como pueblo hemos de conseguir el desarme.

Sobran ejércitos, sobra violencia y falta aprender a resolver los conflictos con inteligencia y sentido común. Hay que ser muy valiente para estar dispuesto a morir y matar por la libertad, pero además hay que ser inteligente para estar dispuesto a morir sin matar. Nos jugamos el futuro de la humanidad.

Pepe Beúnza

 

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